Silvia Chedely Meko
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EL ESPEJO

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¡Oh!
¡Tan perfecta imagen con mis ojos contemplaba,
que, ni tan siquiera, un centímetro me alejaba
temiendo que de un sueño se tratara
de tanto como la adoraba!

Encontrábame yo sola,
un desierto parecía
el espejo en que me veía.

Me mostraba quieta, mejor dicho, fría.
¡Mi rostro allí ocultaba su alegría!

Niña de raza negra era, con trenzas oscuras.
Catorce o quince años aparentaba.

Carácter sereno, veía desde el punto en que la miraba.
Pero, gran incertidumbre en mí provocaba.

De hecho, al mirar, me preguntaba:
¿Sería yo la que allí se encontraba?

¡Claro que sí!, me dije a mí misma
como si hubiese resuelto un enigma.

Pero, a medida que el tiempo pasaba,
menor era el parecido.

Y llegué a la conclusión
que parte de lo visto era ficticio.

Esa foto, idealizada, pertenecía a la apariencia.
¡Sólo en lo físico coincidía!

¡Faltaba la parte correspondiente a la niña buena!
¡Me salía el genio inocentemente!

Y aquello que allí había era permanente.
Esa era la imagen vista por mí y otra gente.

¡Pero sólo es un reflejo, una parte de mí,
que por siempre me acompaña!

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