Sara Rodríguez
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TODO ESTABA CLARO

Todo estaba claro.

El pueblo exigía justicia, las autoridades actuaban. Los periódicos publicaban en portada los rostros de los violadores, torturadores y asesinos, entre ellos yo.

Más nervioso no me podía sentir. Parecía que el universo entero se me echaba encima.

No aguantaba más esa situación, tenia que hacer algo…

Febrilmente preparé las maletas, me dirigí hacia el aeropuerto y marché fuera del país.

Las autoridades seguían investigando. Yo, sentado en la cama del hotel en el que me había alojado, veía las noticias…

Cada vez se sabía más, cada vez sospechaban más de de mí. ¡Yo era quien había violado, maltratado y asesinado a aquella pobre mujer!

Ya no podía más. Mis remordimientos y temores me impedián casi respirar. Pensaba:

-¡Me pasaré el resto de mi vida entre rejas! O mucho peor, ¡me condenarán a muerte!

Esos pensamientos me hacían llorar y llorar todas las noches…

Ha pasado un año. ¡Saben con con certeza que he sido yo! Me buscaron durante meses y yo tuve que hacerme pasar por otra persona, esconderme, recelar de todo…

¡Debería entregarme! Pero el miedo lo impedía.

-¡No, puedo hacerlo! !Me ajusticiarán¡

Que yo merezco morir, lo sé. Hice lo peor que puede hacer un hombre.

¡Fue la desesperación quien me obligó a hacerlo! ¡No lo soportaba más! ¡El miedo podía conmigo!

Los tenía muy cerca, me rodeaban. No había escapatoria. Solo una única oportunidad. Podía salir bien y escapar, o mal y morir en el intento.

Aquel coche tan viejo que había en la cochera a la que me costó bastante llegar, no funcionaba bien. Subí él. La ansiedad me revolvía las entrañas. Intenté arrancar. Mi mente repetía una única pregunta:

-¿Volveré alguna vez aquí, a este lugar o desapareceré para siempre?

Giré la llave. El motor permaneció en silencio. Fue definitivo.

Introduje mi mano en el bolsillo de mi abrigo. El contacto con la culata de mi revolver me provocó un esclofrío. Apoyé el cañon sobre mi sien derecha y… escuché un fuerte estampido.

Luego… nada.

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