Marina, mi mejor amiga
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Beatriz Gómez García


Doce años en el momento de redactar esta página


Bajaba las escaleras de mi piso para comprar en la tienda que habían puesto enfrente del bloque. Lo hacía rápido, porque así mi madre me daría algo de dinero por hacer la compra. No obstante me paré un poco cuando me pareció escuchar las risas y pasos de mis dos hermanos, Juan y Francisco.

No me equivoqué. Ahí estaban escondidos detrás de una columna, siguiéndome. Yo los quiero mucho, pero ¡se hacen insufribles! Siempre intentan gastarme bromas pesadas. Seguramente querrían darme algún susto.

Me acerqué y les advertí que los había visto. Intentaron disimular y se fueron rápidamente. Yo terminé de bajar las escaleras preguntándome por qué no arreglaban de una vez el ascensor y por qué tenía que vivir en un quinto piso.

Al llegar a la segunda planta vi varias maletas en la puerta de la casa de mi vecina y mejor amiga. Se llama Marina. La conozco desde muy pequeña. Con ella he pasado grandes momentos y me he divertido mucho.

En ese instante salió su padre. Hablaba con Marina y escuché como le decía que no se pusiera triste porque en el internado conocería a más gente. No le di mucha importancia al comentario y fui directa a la tienda. Compré lo que mi madre me había pedido y aproveché para incluir algunas chuches. Al llegar a casa, mi madre, como esperaba, me premió con algo de dinero, menos del que yo me esperaba, pero, bueno, ¡algo es algo!.

Me marché a hacer los deberes. Quería terminarlos pronto y salir a jugar con mi amiga Marina. Pero eso me hizo recordar el comentario de su padre y no me dejó estudiar tranquila.

Cuando terminé, me tumbe en la cama y pregunté durante horas que ocurriría si era cierto lo de su marcha a un internado. Esto me preocupaba mucho, ya que era con la persona que mejor me lo pasaba y con la que más me divertía. Ardía por interrogar a mi amiga por el asunto.

La tarde siguiente, al regresar del colegio, la encontré sentada en un banco del parque. Tenía la cabeza baja y los ojos llorosos. Me acerqué y me senté a su lado. A mi pregunta, respondió lo que yo me temía.

-¿Cuándo te marchas?

-Esta misma tarde.

Me invadió la tristeza, pero no quería demostrarlo. Esas horas últimas quería que fuera muy feliz y que supiera que no la olvidaría jamás.

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