La familia feliz
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Cristina Bañuls Pérez


Catorce años en el momento de redactar esta página


Esta historia comienza el último años de la década de los setenta, cuando una chica rubia, bonita y juguetona, se fue a casa de su prima para olvidar su primera desilusión amorosa. Ambas, solían salir a pasear por la ciudad para distraerse un poco sin saber que su destino se estaba forjando en aquellos momentos.

Un luminoso día de finales de julio vieron acercarse a un joven con unas aletas bajo el brazo. Ella pensó en voz alta:

-¡Que tío mas guapo, me gustaría conocerlo!

A lo que su prima contestó:

-¿Quieres que te lo presente?

Creyó que se reía de ella, pero no fue así. Al pasar por su lado, ésta lo saludó.

-¡Hola tati¡, ¿que tal como te va?

Nuestra protagonista creyó morir y pensó:

-¡Tierra, trágame!

-Ven -dijo su prima- voy a presentarte a mi prima. Ha venido de vacaciones y le gustaría conocerte.

A nuestro chico le pasó lo mismo. ¡Quedó deslumbrada al verla! No acertaba a decir palabra. Sus miradas se cruzaron y, en ese momento, supieron que eran el uno para el otro. Comenzaron hablar y quedaron para verse en los días siguientes.

La primera cita llegó. Parecían dos niños. Ella sacó toda su ropa del armario. Con nada se veía bien. Nada le parecía suficiente para su amado, quería estar espectacular y que el chico de sus sueños quedara alucinado al verla.

Así fue. Ambos quedaron impactados y comenzaron a hablar sin parar. Contaron sus ilusiones y sus proyectos. Él, a pesar de su juventud, tenia su porvenir resuelto. Era militar. Ella, con sólo diecisiete años, terminaba sus estudios de auxiliar administrativo. Pasaron todo lo que quedaba de verano paseando, hablando, haciendo planes de futuro y… ¡amándose a escondidas!

El final de aquellas vacaciones llegó sin ellos quererlo. Tendrían que separarse, pero sabían que lo que en aquel poco tiempo habían sentido seria para siempre. Tomaron la decisión de comprometerse y hacer participes de su amor a sus familias, sellándolo, pidiendo él la mano de ella a su padre, como en aquellos tiempos se llevaba.

Él marchó a cumplir con su trabajo y ella quedo en casa preparando las cosas que algún día disfrutaría con su niño. Pensaba en él a todas horas del día, las llamadas eran diarias y las cartas, donde hablaban de sus sentimientos que a pesar de la distancia cada día eran mas fuertes.

Por fin llegaron las vacaciones de navidad. Él volvió. Ella lo esperaba emocionada y feliz como nunca. Pasaron los días prácticamente juntos, a todas horas, amándose, hablando, diciéndose lo que se querían con solo mirarse.

Y, de nuevo, la separación. Su próximo reencuentro llegaría en Semana Santa. ¡Tres meses lejos! Pero eso no les hacia perder la ilusión ni impedía que su amor siguiera creciendo.

El tiempo pasó y, como la vez anterior, disfrutaron cada minutó juntos. Reían, paseaban y seguían haciendo planes para cuando, en verano, él ya estuviera de vuelta en la ciudad y pudieran estar juntos todos los días.

También el verano llegó, pero no se cumplieron los planes que tanto habían soñado. El nuevo destino del chico no había sido su ciudad, como esperaba, sino que tendría que incorporarse a otra lugar. ¡Otra vez separados! El mundo se les venía abajo. Así que comenzaron a pensar cómo podrían hacer para que esa circunstancia no se diera. ¡Ya lo tenían! La solución era casarse y estar para siempre juntos.

Hablaron con los padres. Les dijeron lo que sentían el uno por el otro y que no querían seguir teniendo una relación por carta o teléfono, que se querían casar. No les dieron otra opción. Lo harían con, o sin, su consentimiento. Sus padres lo entendieron y les ayudaron a llevar sus sueños adelante. En un mes escaso prepararon una casa y el 31 de agosto de 1980 se convirtieron en marido y mujer. ¡Ya estaban juntos para siempre y si Dios quería, nadie podría separarlos!

Nuestros chicos comenzaron una vida en común llena de sueños y de amor. Amor para dar y regalar. Por eso empezaron a hacer planes para que, de ese amor, naciera un nuevo ser que fuera fruto de amor que cuidarían, mirarían y querrían con el amor que sólo ellos podrían darle.

Así fue. Un año después de la boda conocieron la noticia de que, en nueve meses, serian tres si el destino lo quería. Pasaron días, disfrutaban como niños con aquellos cambios que surgían cada segundo. Cada patadita era una alegría, compraban ropa, juguetes y todo lo que creían que seria necesario para la felicidad y el bienestar de su bebé.

Y por fin llego el momento. ¡Madre mía, como llovía!¡Qué día de perros hacia! Pero ellos lo vivieron como unos de los muchos días felices de su vida. ¡Su niña ya estaba allí! Era una muñeca castañita, rosada y redondita. ¡Todo un sueño hecho realidad!

En pocos días volvieron su casa con la muñeca, pues eso era para ellos. Los papás eran unos niños también, pero que cuidaban de su bebe como nadie. ¡Todo el día pendientes de ella, de su baño, de su comida, de su paseo…! Pero sin olvidarse nunca de amarse ellos mismos, de mimarse y quererse para que ese amor que sentían nunca fuera a menos.

Fueron pasando los años y la familia creciendo. A los cinco años nació otro retoño, otra chica, pero para ellos el sexo del bebé era lo de menos. Solo querían tener otro hijo al que dar su amor y que hiciera compañía a su hermanita.

Cinco años después volvió a nacer otra muñequita. Y ellos eran felices con su niñas. Vivían para ellas y su amor seguía siendo el mismo. No diremos que nunca discutían, pero esas discusiones servían para reafirmas su amor. Y ya, cuando casi no lo esperaban, llegó la guinda del pastel: ¡Un niño! ¡Un muñeco para todos! Entre sus hermanas y sus padres lo cuidaron y todos disfrutaban con sus juegos y boberías.

Así, dando y recibiendo amor, fueron pasando los años y los hijos del amor empezaban a levantar el vuelo. Salían con chicos, pero para los papis ninguno era merecedor de sus niñas. La madre quería para sus hijas la misma felicidad que ella había vivido desde el día en que conoció a su papi, y el papi quería para sus niñas un hombre que las quisiera tanto como él amaba a su madre.

Hasta que llegó el hombre perfecto. Comenzaron a preparar todo. Hicieron para su niña la boda de ensueño que cualquier jovencita desea y que ellos, por el poco tiempo que tuvieron no pudieron realizar. Aunque nunca se arrepintieron.

Hoy, los años han pasado. Pero ese amor sigue ahí, como el primer día. Se aman y se entienden con una mirada. Su vida está centrada en sus niños que, tengan la edad que tengan, para ellos siguen siendo sus bebes.

Ahora el destino ha querido premiar ese amor con un nuevo miembro. La próxima Navidad, si Dios quiere, nacerá su primera nieta. ¡Un regalo que podrán disfrutar juntos, como siempre! Y la harán partícipe del amor que la familia respira.

Cuando sea mayor quiero seguir haciendo crecer esta familia de la que yo formo parte.

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