La casa del embarcadero
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Rosalía Belén Aguilera López


Trece años en el momento de redactar esta página


En el embarcadero hay una casa muy antigua, pero muy bien conservada, cercana a una cala maravillosa.

Es una playa situada en el interior del parque natural de Cabo de Gata, cerca de los Escullos, de aguas azules y trasparentes, que bordea una preciosa bahía rocosa, con formas geométricamente impresinantes.

La mayor parte de la orilla también es rocosa, con pequeñas zonas de arena gruesa donde es más cómodo sentarse. Lo mejor de esta playa es que dentro del agua hay una gran variedad de fauna marina.

La casa es muy grande, pintada de blanco, con un gran porche que mira a la orilla del mar. Sus ventanas son de madera pintada de azul cian. Los cirstales están protegidos por unas hermosas cortinas bordadas a mano y proporcionan luminosidad sorprendente por su orientación Sur y Este.

En general, siempre está muy limpia. Es la casa de veraneo de una familia muy agradable, de Barcelona. Todos los veranos vienen aquí. La familia está formada, por la madre, Clara, el padre, Javier, y una niña, Marina.

Clara es alta, morena y risueña. Con una boca preciosa y una voz muy dulce. Es muy guapa y sus ojos son como dos grandes esmeraldas. Javier tiene el pelo castaño, y unos ojos entre s azules y verdes. De boca es grande y voz muy grave, aparenta estar en la mitad de la cuarentena. En general, se puede decir que no está mal.

Marina es una joven alta y delgada y fibrosa, por su afición al deporte, pero, a la vez, muy presumida. Se sabe preciosa y por eso quiere ser modelo. Su delicada cabellera es larga y castaña, como su padre, su piel es morena, su rostro ovalado, un poco alargado, con una nariz pequeña y ojos verdes esmeralda. Sus extremidades, brazos y piernas, son largas y sin vello. Marina viste a la última moda y es vergonzosa con desconocidos, pero en realidad es muy divertida. Su carácter es fuerte como una roca.

Siempre que están aquí vamos juntas todos los días a la playa, jugamos a las cartas y pasamos horas y horas hablando en el gran porche. Pero lo que más nos gusta es pasear por las entre rocas y descubrir nuevas calas. Por las tardes, nos sentamos en un gran peñasco para ver los preciosos atardeceres.

Una noche de luna llena encontramos un cachorrillo que aullaba desconsolado a la orilla de la playa. Muy contentas, corrimos a casa de Marina. Ella preguntó a su padre si podía quedárselo, y puso el menor inconveniente. ¡Nos pasamos el verano entero jugando con el perro que pasó a compartir todas nuestras actividades diarias.

En Septiembre se marchó Marina. Me costó mucho despedirme de ella y del perro, pero, al fin y al cabo, sé que todos los años pasa lo mismo, y a los dos días ya estamos planeando las dos por messenger las vacaciones del año que viene.

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