Juan El Millonario
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Francisco Javier Vargas Vargas


Trece años en el momento de redactar esta página


En la ciudad de Almería, Juan, un niño de nueve años, delgado y alto, vivía en una lujosa casa de las afueras junto a sus padres, Antonio y María, arquitectos ambos, y su hermano José, mayor que él, de doce años.

Juan era un niño bastante presumido, ya que pertenecía a una familia bastante rica, envidiada por todo el vecindario, compañeros de colegio y trabajo.

-Juan, ¿y esos tenis?- preguntó un amigo.

-¡Ah! ¡Nada! Un regalo que me han traído mis padres de su viaje a Ámsterdam. Costaron trescientos euros-contestó Juan.

-¿Trescientos euros? ¡Guau!

-Sí, y eso no eso no es nada, me han traído además, un ordenador portátil de última generación sólo para mí.

No dejaba vicir a sus compañeros. Les decía que sus ropas eran muy viejas y del “mercadillo”. Todos estaban ya un poco aburridos de las “chulerías” de Juan, que se creía el mejor por tener más dinero que nadie.

En los estudios, Juan sólo era regular, porque, según decía, se pasaba todas las tardes jugando con sus videojuegos nuevos.

Llegó un momento en el que los amigos no le hacían caso ni le hablaban. A Juan eso no le importaba: ¡mientras tuviera dinero, él sería feliz!

-Oye, Jesús, ¿qué hay que poner en el ejercicio séptimo?- Preguntó Juan en mitad del examen a un niño de los que le ignoraban.

-¡Déjame tranquilo!

Ahí empezó a darse cuenta de su problema. ¡Era más importante recuperar a sus amigos que el dinero!

Un día, esperando a que abrieran la puerta del colegio para irse a casa, unos niños con pintas desagradables se acercaron, amenazantes, a él.

-¡Eh, chaval, suelta todo dinero que lleves encima! ¡Rápido!

-¡No!

¡Increíble! ¡Todos sus amigos del cole salieron en su defensa y lograron que los ladronzuelos huyeran!

-¡Muchas gracias! Nunca más volveré a presumir de mi dinero.

Y así fue. Juan fue a partir de ahí, un niño normal, procuró no ofender a nadie y mejoró notablemente en los estudios.

Ello fue posible gracias, ¡como no!, a sus amigos.

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