Jhony Stark
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Juan José Montoya Segura


Trece años en el momento de redactar esta página


Un pueblo del viejo oeste americano. Antiguo. Con dos salones, que también servían de hotel, varias decenas de casas de madera, todas pintadas de verde, tres tiendas de comida, una de ropa y el sheriff Larry, rápido con la pistola, flaco, calzado siempre con botas de montar, pantalones de los que usan los vaqueros y chaleco de cuero marrón y de carácter muy estricto.

Una mañana, cuando el sol estaba apunto de salir y las nubes estaban teñidas de color rosa, siete hombres vestidos de negro aparecieron al final de la larga calle. Montaban robustos caballos con la intención de convertir en llamas el humilde lugar. A la cabeza, Fenris, un forajido de barba y pelo negros y ojos marrones, que matando o, simplemente, haciendo a la gente.

Sus hombres encendieron antorchas que arrojaron sobre las casas. Larry, revolver en mano, se situó en el centro de la calzada e hizo fuego sobre la banda. Alcanzó a dos hombres cuyos cuerpos, sin alma, cayeron al suelo. Pero, a su espalda, sin que nada pudiera evitarlo, Fenris le disparó a quemarropa. Murió en el acto.

La gente corría despavorida. El jefe Fenris gritó:

–¡Chicos, matadlos! ¡Nada de supervivientes!

Sola, en una pequeña casa situada en el centro del pueblo, Margerit vivía sola. De pelo rubio y grandes y alegres ojos verdes y muy alegre, sabia que algún día pasaría 1esto y había preparado una refugio oculto entre la maleza que cubría parte de su jardín. Tomó cuanta comida que pudo, corrió a su interior y aseguró la entrada. Desde allí, a través de una mirilla prevista al efecto, podía ver como su casa ardía y sus vecinos morían uno por uno. Permaneció allí, oculta, varios días. Los bandidos se habían apoderado de lo que quedaba de pueblo. Por fin la banda se alejó dejando el suelo cubierto de cadáveres.

Margerit salió de su escondrijo desconsolada. Un jinete desconocido montado sobre una preciosa yegua blanca apareció al fondo de la calle. Se llamaba Johny Stark. Vestía botas marrones, pantalones grises, camisa amarilla, a cuadros, y chaleco marrón con sombrero a juego.

Margerit le detuvo. Johny le dijo que se apartara, que no podía detenerse porque buscaba a un criminal llamado Fenris al que debía incrustar una bala en su corazón. No explicó por qué. Margerit sí se lo dijo. Los dos cabalgaron juntos, de pueblo en pueblo, buscando el lugar donde se cobijaba aquel canalla. Al fin, un anciano pudo proporcionarle una pista. Sabía que la banda se ocultaba en una cueva cercana al nacimiento del río Mississipi.

Dirigieron sus pasos en esa dirección. Tras un agotador viaje llegaron a las inmediaciones del escondite. Desde donde estaban se podía oír como gritaban y cantaban aquellos criminales.

Johny ordenóa a Margerit esperar fuera. Él, entró y desató una lluvia de balas sobre los sorprendidos fascinerosos. Él resultó herido en el hombro izquierdo y en el muslo derecho. Fenris, sonriente, resultó ileso. Ahora sostenía una pistola con la que apuntaba a Jhony.

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-Hola, hermanito.

Margerit se acercó de manera sigilosa a la entrada y escuchó a sombrada la conversación.
-Hola, Fenris. ¿Por qué los mataste?

-¡Ah! ¿Te refieres a los imbéciles de mamá y papá?. No se merecían vivir.

-¡Claro que si, igual que el resto de la gente que has matado!-dijo llorando Jhony.

-¡Oh! ¡En casa siempre me decían que encontrara una ocupación! La he encontrado. Mato a gente.

-¡Eso no es una ocupación, es una canallada! Naciste con la sangre del diablo en tus venas y con ella morirás- dijo Johny.

-¿Y cómo lo vas ha hacer, hermanito? Ahora es tu turno.

-¡No, si yo puedo evitarlo!

El grito de Margerit coincidió con el momento en que la enorme piedra que a duras menas sostenía en sus manos, aplastó el cráneo de aquel ser inhumano.

¡Gracias!– dijo Johny.

Margerit le taponó la sangre que brotaba de sus heridas. Se miraron y, luego, se besaron apasionadamente.

Ya imagináis el resto. Volvieron a tierra civilizada, se casaron y vivieron felices.

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