Carlos Valdivia del Rosal
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UN DÍA DE PLAYA


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Es verano y la temperatura ronda los treinta y cinco grados. Juan se muere de calor. Ya no puede aguantar más. Decide preguntar a su madre si pueden ir a la piscina.

-Mamá, tengo mucho calor, ¿podemos ir a la piscina?

Su hermano pequeño, Daniel, interviene:

-¡No! A la piscina no, a la playa.
-Vale, mejor iremos a la playa.-dice la madre

La familia al completo se prepara para la playa. Suben al coche y marchan felices. Primer problema: el aparcamiento. Como suele ocurrir, allí ya no hay hueco ni para meter un alfiler entre dos coches. El padre de Juan, desesperado y con un enfado de narices, tiene que dar vueltas por los alrededores.

¡Por fin! Un coche acaba de salir. ¡Un hueco precioso! Pero, ¿qué es eso? Como si nada, un descapotable derrapa, pisa el freno y en menos de un segundo ocupa la plaza. Reacción del padre. Pitidos, insultos… y media hora más de rondas agónicas. ¡Lo conseguimos!

-¡Por fin en tierra! ¡Gracias a Dios!-exclama Juan.

La playa presenta un panorama muy típico y poco agradable. Abarrotada. Allí ya no entran más sombrillas. ¿Es aquello una cola para entrar al agua? Caras de decepción en la familia.

-Bueno, habrá que intentar buscar un sitio. Si fuimos capaces de aparcar el coche…-dice el padre.

Bajan las escaleras y buscan, buscan, buscan… ¡Allí! ¡Y casi en la quinta línea! ¡Qué suerte!

-¡Yuhu! ¡Ya nos podemos bañar!-dice Daniel.

Con cuidado de no empujar ni pisar a la gente llegamos al agua. ¡A jugar! Pero las alegrías no duran mucho. Una leve brisa agita un poquito el mar, ¡pero bueno, no pasa nada! Cuando sí pasó fue al cabo de un minuto. Una gran ola arrasa las seis primeras líneas de sombrillas. Se lo lleva todo, los bolsos, las toallas y las sombrilla. ¡Ah! ¡Y los móviles para el arrastre! ¡Y la ropa…!

Después de este incidente sin importancia no volvió a ocurrir nada más, todo fue normal. De vuelta a casa el pequeño Daniel, dijo:

-Mamá, he sacado una conclusión al final de este día.
-¿Cuál es hijo?-pregunta la madre extrañada.
-Que después de no encontrar aparcamiento, estar la playa abarrotada y que un “minitsunami” nos atacara, he decidido que el próximo día elegiré piscina en lugar de playa.


EL TESORO MALDITO


Javi, finalizada la jornada en su instituto, se dirige a casa pensando en lo memos que llegan a ser algunos compañeros. Una ráfaga repentina viento estampa un trozo de papel sobre su cara. Lo mira con curiosidad. Se trata de un trozo de papel higiénico marrón, muy viejo y con algo casi ilegible escrito en él. Le cuesta mucho descifrar lo que dice. ¿Parece el mapa de un tesoro? Si lo es, está cerca.

Ya en casa, busca las coordenadas anotadas en una web específica. ¡Señalan un bosquecillo cercano a su urbanización! ¡Hala, Javi, a buscarlo! Pero mañana. Lo comentaría con Pedro. Tal vez le acompañara.

-Hola Javi,-saluda Pedro.
-Hola. ¿Quieres venir esta tarde a buscar un tesoro perdido?
-¿Te has dado un golpe en la cabeza? ¡Lo dices tan normal! Pero, si te hace ilusión iré.
-Pues esta tarde en mi casa. ¿Vale?
- Si no queda otra…- dice Pedro poco convencido.

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Son las cinco de la tarde. Pedro llama a la puerta de Javi.

-Hola Pedro. Vámonos, que se nos hace tarde.

Marchan carretera abajo hasta llegar al pequeño bosque. No parece terrorífico.

-Oye, ¿esto es seguro?- pregunta Pedro un poco asustado
-Creo que sí, solo entendí las coordenadas, tesoro y maldito.
-¿¡Maldito!?

Pedro se empieza a preocupar. Pero han llegado a la entrada de una cueva.

-Deja de quejarte y vamos.

Dentro corre una brisa helada. Un escalofrío recorre el espinazo de Pedro. Casi no se ve nada. Javi enciende una linterna. Una bandada de murciélagos comienza a alborotarse. Huyen de los intrusos. El susto ha sido tremendo. Se detienen. Se recuperan. Y deciden seguir su aventura. Avanzan. Ya no se puede avanzar más. Un muro de piedra impide el paso.

-Esto es el colmo, yo me rindo- dice Pedro harto. Se sienta sobre una roca puntiaguda.

¡Un estruendo! El suelo empieza a temblar y el muro desciende poco a poco.

-¡Hurra! ¡Lo has conseguido Pedro! – Grita eufórico Javi.

Avanzan por el estrecho pasillo que muestra la abertura. Al final se ensancha. El techo parece una cúpula de piedra.

-¿Hemos llegado ya?- Pedro no las tiene todas consigo.
-Creo que sí.

Una caja se encuentra en el centro de la estancia. La abren. Sale un humo misterioso y suena un …
-¡Pi, pi, pi, pi! ¡Pi, pi, pi, pi!

Es el despertador de Javi.

-¡No puede ser todo un sueño!- exclama desconcertado.

Se levanta y marcha al colegio.

Javi, finalizada la jornada en su instituto, se dirige a casa pensando en lo memos que llegan a ser algunos compañeros. Una ráfaga repentina viento estampa un trozo de papel sobre su cara. Lo mira con curiosidad. Se trata de un trozo de papel higiénico marrón, muy viejo y con algo casi ilegible escrito en él. Le cuesta mucho descifrar lo que dice. ¿Parece el mapa de un tesoro? Si lo es, está cerca…


LA LEYENDA DE LOS NIÑOS DESGRACIADOS


Hace ya mucho tiempo, en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, vivían cuatro niños que eran muy amigos. Se les conocía en el lugar como los niños desgraciados, no por meterse con ellos, ni por reírse, sino porque lo eran. Sobre ellos caían todas las desgracias fueran las circunstancias que fueran.

Era el cumpleaños del mayor. Celebraban su fiesta al aire libre en un día hermoso. De repente, el cielo se tiñe de gris y unas oscuras nubes empiezan a descargar una lluvia muy intensa sobre su patio. Un trueno espantoso. Otro. Un rayo cae sobre la tarta. ¡Hay merengue para todos! ¡De la cabeza a los pies!

Eso es solo un ejemplo. De todos es sabido que las desgracias y la mala suerte persiguen siempre a estos cuatro niños. Pero ellos, acostumbrados, lo toman con buen humor, aunque nunca quisieron desearles una vida como la suya a los demás niños. Y, por eso, se cuenta que, desde que murieron, cada año bisiesto un niño se lleva una sorpresa muy agradable. ¡Y se dice que la producen esos cuatro amigos!


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