Carlos Hernández Solimán
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EL LLANTO DE LOS DEMONIOS

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Un pequeño chapoteo turbó la superficie del lago por vez primera en toda la mañana. Los peces, sin embargo, hicieron poco por alejarse de la fuente de aquel súbito movimiento. Quizá valiera la pena arriesgarse por conseguir el tan ansiado y escaso alimento, quizá estuvieran ya acostumbrados a que las aguas se agitaran a su alrededor. Daba igual. Sólo eran dos consecuencias del mismo problema.

Raro era el día en que nada rompía la monotonía que otrora empapara Acirpha en mayor medida, si cabe, que el mismo acuífero. Cuánto había cambiado todo en tan poco tiempo.

Los milenarios árboles eran sin duda los más hábiles en dar testimonio irrefutable de las consecuencias que la Abertura había desencadenado sobre el bosque. Aunque no contasen con la maestría lírica de los poetas y trovadores que, con más o menos acierto, unían sus cantos a los de las aves arco iris, las palabras del más ilustre músico no podían equipararse a la fuerza de las armas esgrimidas por aquellos ancianos de madera. ¿Quién necesitaba voz con la que dar réplica? ¿Quién manos para sujetar una espada? Las flechas y hachas hendidas varios centímetros en sus cuerpos de corteza gris eran el más fiel reflejo de la guerra que azotaba toda la región. La guerra contra los monstruos. Los demonios de más allá del bosque.

El niño cesó su juego. Era hora de comenzar otro nuevo: “Atrapa el pez”. Cerca de allí, una carpa plateada danzaba en círculos, despreocupada. Quería jugar con él. Se lo pedía a gritos con ese leve contoneo, casi hipnótico, que la mantenía a flote. El chiquillo dejó incluso de inhalar aire para no armar jaleo. Parecía haber olvidado ya el estremecimiento que había sacudido las aguas a causa suya hacía apenas cinco minutos y que no había espantado ni al más nervioso de los peces.

Con un movimiento rápido, lanzó su brazo contra el animal. Tres pequeñas garras se cerraron en torno al cuerpo del endeble ser que ni aún fuera del agua parecía agitarse. El chiquillo contempló el trofeo con admiración: ese era su premio por haber ganado el juego. Que la presa no se moviera significaba que la Diosa había dado su visto bueno a la captura. Ese animal no deseaba seguir con vida. El ciclo de la naturaleza debía continuar.

Estaba deseando mostrárselo a su padre.

Nervioso como siempre que regresaba con comida a casa, el niño salió del agua, sin soltar ni por un momento su recompensa. Un leve rayo de sol acarició su mejilla. Sonrió, al menos por dentro, y luego sacudió todo el cuerpo para secarse bien el pelo. Tenía ganas de cantar, y no se lo pensó mucho más. El sonido trepó por su garganta y estalló en una alegre melodía tan pronto como llegó a su hocico.
A su derecha, un pájaro decidió acompañarle en el canto. Apenas era un polluelo, aunque ya tenía el vistoso plumaje multicolor de los de su especie. El chiquillo sonrió de nuevo, feliz por su hazaña. Quizá cuando creciera fuese capaz de atraer bandadas de aves arco iris, igual que su padre. El líder de los suyos. Su guía. Y su ejemplo a seguir.

Sin que la melodía cesara, comenzó a trotar por el camino que le llevaría a su hogar. Poco a poco la luz iba desapareciendo, víctima de la trampa mortal que las ramas de los árboles la tendían. Cada metro que se alejaba, atravesando la exuberante vegetación, era un metro menos de distancia a casa, pero también uno más de oscuridad.

Un khte’zral, un arbusto de espino, golpeó su hombro en plena carrera. El golpe no había sido muy fuerte; apenas un susto y un arañazo superficial. Estaba acostumbrado a esos cortes. Pero no recordaba que olieran así…

El niño olfateó con curiosidad. No, no era él. No muy lejos, en línea recta, había humo. ¿Quizá estaban cocinando algo en la ciudad? Aceleró el paso para comprobarlo. Podrían asar su pez.

La nube gris continuaba escalando hacia el cielo, y cada vez con más presteza. Se había vuelto ya una columna excesivamente ancha para haber sido causada por el fuego de cualquier cocina u horno del lugar. Un escalofrío recorrió el cuerpo del pequeño. ¿Acaso se trataba de un incendio?

Dirigió una plegaria a su señora, como tantas veces había visto hacer a sus mayores cuando necesitaban consejo. Estaba asustado, pero sabía que su padre nunca dejaría que los nervios le dominasen. Él era un Druckz’ii, un guerrero, un heraldo de la Diosa. El hijo del jefe del clan. Mientras que ella le apoyara, nada había que temer.

Corrió en dirección a la fuente de toda aquella humareda, atravesando los arbustos como si no hubiera allí más que aire. Los khte’zral parecían apartarse a su paso. Esa era la señal de la Diosa. Ella les había dado el don de proteger su hogar: podría oler las llamas a kilómetros. Iba por buen camino.

Paró. Apenas habría recorrido unos metros más cuando el paisaje que se abrió ante él le obligó a detener su carrera. La imagen le había golpeado con una dureza tal que tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para permanecer en pie.

Decenas de árboles habían sido talados.

Ya no había canto alguno. El polluelo que hasta hacía poco revoloteaba a su alrededor había desaparecido. Las aves arco iris no saben llorar. En cambio, en ese momento el niño no pudo hacer otra cosa. Alzando su cabeza, gritó. Quería poder ser como su padre. Quería poder seguir las huellas de los demonios que habían marcado su bosque con aquella horrible cicatriz de acero y fuego. Pero antes de todo eso, deseó que su madre le abrazara y diese consuelo.

-¡Ahora!

Apenas tuvo tiempo de reaccionar ante lo que sabía que ocurriría a continuación. El idioma de los demonios sonaba hueco en sus oídos, pero no así sus intenciones: Era consciente lo que se avecinaba incluso sin comprender el significado de la extraña palabra. Había escuchado un sin fin de veces lo que pasaba cuando te rodeaban. Primero, la indescifrable orden. Después, la red. Por último, la muerte.
La malla pareció planear sobre su cabeza en los instantes previos a su caída. No pudo esquivarla. Demasiado ancha. Se agitó en su interior, desesperado, luchando por escapar. Su padre los aniquilaría…

-¡Tenemos a uno! -rugió uno de los demonios en su ininteligible lengua, brotando desde la arboleda-. Pero es pequeño. Los otros medían dos veces más, como poco.
-Como si eso importara -sentenció. El niño no entendía por qué, pero el monstruo acababa de lanzar su saliva contra el suelo.

El segundo asesino apareció a sus espaldas. El niño lloró. Aquellos espantosos seres no tenían piel propia sobre sus carnes rosadas y debían protegerse con la de sus víctimas. Podía reconocer las plumas de una decena de aves arco iris formando una especie de manto que cubría sus ridículamente estrechos hombros. Aquel demonio era endeble hasta para los de su raza.

El chiquillo miró hacia su derecha, con unos ojos verdes que se habían teñido de lágrimas. Su pez había ido a parar a medio metro de distancia, rodando por el suelo. Ni siquiera se había dado cuenta hasta ahora.

El demonio avanzó, esgrimiendo un cuchillo de acero con sus débiles manos. Estaba muy cerca de la red. El final parecía claro. Y mientras, el niño se había quedado completamente quieto.

-Los bichos estos… cuando van a morir, se parecen de piedra -comentó uno. Probablemente hablara de lo que harían con su carne. Un abrigo, quizá. El chiquillo sollozó.
-Éste me da lástima. Míralo, si casi parece una persona. Aún no tiene demasiado pelo, ni dientes.
-Pero sí garras. Y probablemente veneno, también. -El portador de la capa fabricada con plumas de ave también se estaba acercando. Sus pies retumbaban con la energía de una manada de elefantes, o eso le pareció al pequeño desde su posición - Es una bestia.
-Pero…
-No has guardado reparos en acabar con toda su maldita aldea, ¿no? ¿Por qué iba a ser diferente? -gritó.

El demonio se acercó más y asió su brazo con fuerza. Apretaba sus dientes, unos dientes ridículamente romos. Podrían ser de un cachorro de entre los suyos, y sin embargo jamás se había sentido tan asustado ante la dentadura de ninguno de los grandes cazadores del bosque.
Gritó. El cuchillo se había hundido varios centímetros en su hombro. De nada servía la gruesa capa de piel que en otras circunstancias le protegía incluso de los arbustos de espino. Aquello era acero, el cáncer que había traído el dolo a su pueblo. La Abertura, el contacto con el exterior… los demonios… La sangre comenzó a brotar con avidez hasta formar un charco fucsia sobre el suelo.

-¡Es el último, idiota! -gruñó el demonio que acababa de herirle- ¡el último en toda la zona sur del bosque! ¡El último de la raza que atacó nuestro hogar, que mató…! Mató a tu hija, joder.
-Es un cachorro -pareció contestar el otro- Tendrá más o menos la edad de ella.

Lloraban. El demonio y el niño, los dos. Ninguno de los dos hubiese imaginado nunca que los monstruos lloraran.

-Crecerá -sus facciones se habían endurecido-. Y será como todos. Asesinos, están hechos para matar… Mira sus dientes, por Dios. Y sus garras… el veneno te paralizaría, de tocarte esas garras. ¿No lo entiendes? Es el último de toda su especie en la zona sur. Le matamos, y se acabó la guerra. No habrá mas altercados, ni en la frontera ni aquí. El norte del bosque está demasiado lejos…. Y aquí, los que no han ardido morirán pronto por sus heridas. La cabeza de su jefe está siendo llevada a palacio, para adornar el salón de nuestro rey.

La sangre seguía brotando.

-¿C-cómo…? ¿Cómo sabemos que no hay más? ¿Acaso no ha aparecido éste? -le señaló. El chiquillo rogó a la Diosa que se marcharan.
-El humo los atrae. Acuden instintivamente a apagar el fuego. Por eso están todos muertos. Irónico… de no haber sido así, nos hubiera resultado imposible acabar con ellos. El Padre nos ayuda.

El otro sacudió levemente su cabeza, primero hacia delante y luego hacia atrás. ¿Qué gesto era ese? Después se acercó también para sujetar su otro brazo. Ése era su hombro herido. Dolía mucho. El sol se reflejaba sobre la hoja del arma a medida que ésta se iba alzando sobre la cabeza de su portador. En cuestión de segundos descendería sin piedad para acabar con la vida de un chiquillo que no parecía estar dispuesto a defenderse.

Los demonios descubrirían su error demasiado tarde. Los Druckz’ii no sólo se quedaban quietos cuando iban a morir. También lo hacían para cazar.
El niño sonrió cuando las garras de sus pies lograron asirse a sus nuevos compañeros de juego. “Atrapa al pez”.

-¿¡Pero qué coj…!?
-¡El veneno!

Los dos ahogaron un grito cuando las garras atravesaron su carne. El único ruido que se oyó fue el del acero impactando contra el suelo y el de dos cuerpos desplomándose. No se movían. El círculo de la vida continuaba. El pequeño se revolvió con fuerza bajo la red. Era imposible escapar sin ayuda. Pero volvía a tener ganas de cantar. Iba a llevar su premio a casa., tan pronto como su padre se diera cuenta de que estaba allí.

Sí, él vendría. No tardaría demasiado.

La sangre seguía brotando…


CORAZÓN EN LA PARED


El viento arreció, golpeando las pesadas contraventanas con la fuerza de una manada de lobos. En respuesta, la madera lanzó un alarido audible por toda la descomunal, vacía, asfixiante mansión. Un grito con forma de crujido, pero grito al fin y al cabo, proferido por la madera muerta de aquel caserón que tantas noches había sido artífice del mismo amargo lamento. El tiempo avanza inexorable, corrompiendo los restos de una vida arrojada al fuego donde arden recuerdos que ¡ojalá…! Ojalá brillasen menos. Pues nada luce con más intensidad en la mansión, ni jamás lo hará, que la calcinada memoria empeñada aún hoy en adherirse a cada centímetro de la, antaño, presuntuosa vivienda; hoy, siniestra broma del ayer.

Poco más que una destartalada abominación de figura torcida se alzaba sobre la colina, tan lejana al mundo como lo estaba su dueño. Dueño… poca justicia se hace al referirnos a Él con tal nombre. Lo fue una vez, sin duda. Noble señor de regio porte y acaudalada herencia. Mas en algún momento, morada y morador habían pasado a ser una burla retorcida de su imagen pasada, decreciendo en grandeza y ganando en pena, con la misma silueta torva, ruinosa. Y el mismo alarido recorriendo cada noche su interior, azotando el ambiente con mayor ímpetu que el mismo viento.

Hundido en el aterciopelado sillón carmesí, yacía Él, sentado, sujetando entre sus manos un grueso volumen contenedor de historias olvidadas hasta por aquellos que habían dedicado horas de lucha con el ingenio para su nacimiento. Él las recordaba todas sin excepción, con precisión de relojero. Podría ubicar hasta el último punto que nadara entre los ríos de tinta de aquellas decrépitas narraciones encerradas en sus no menos deterioradas cubiertas. Leía día sí y día también, hasta el punto de haber consumido la totalidad de los manuscritos, más de los que pudiese cualquiera haber visto reunidos jamás, en un vano intento por no ser él quien feneciera abrasado por la culpa y el tormento que de su alma brotaban. Aquellos libros eran una soga, una soga que aferraba a sus manos desesperadamente a fin de impedir una caída que había tenido ya lugar. De conservar un resquicio de cordura. De olvidar. Pero Ellos estaban allí para impedir tal tarea, avivando las llamas que lo atormentaban del mismo modo que el fragor crepitante del hogar reducía a cenizas los mohosos leños que, apilados en una esquina del gigantesco cuarto, habían de servirle de abrigo en el crudo invierno. Madera extraída del suelo mismo, de la casa recipiente de todo su pesar y angustia. Y éstos, como sus hermanos aún clavados al piso de la mansión, gemían pasto de unas llamas en esencia iguales, aunque de distinta naturaleza.

Sus dedos, los de Él, temblaron como lo hacían siempre cuando las amarillentas páginas de la historia que lo ocupaba rozaron los lastimosos pliegues que envolvían sus huesos. Consumido, famélico, más sombra ya que hombre. Pasó la página. Con su otra mano tanteó a oscuras algún punto situado a la derecha del mueble en que yacía. El sonido del cristal estallando le indicó sin lugar a dudas que alguna copa más había caído desde la pútrida mesilla. Pero Él prosiguió su ciega búsqueda sin apartar ni por un instante la mirada del libro, apenas iluminado por las velas que débilmente luchaban contra la plutónica noche, diseminadas a lo largo de las paredes del vastísimo aposento. Apenas podía distinguir los signos perdidos entre el papel a tan alta hora de la noche. No importaba. Lo sabía de memoria…

Otro cáliz apareció en el camino de sus garras, que lo asieron, esta vez sí, con fiereza. Tras acercarlo a sus labios, bebió con avidez de aquella mezcla de licor y sangre de su propia boca desprendida al contacto de la débil carne con los bordes mellados y abruptos del malogrado cristal. Ignoró los cortes y continuó saciando su incansable sed hasta agotar la última gota de líquido. Ésta era la última. Si quería proseguir, debería abandonar el cuarto, bajar por las abruptas y funestas escaleras de caracol hasta la bodega y hacerse con una nueva botella que vaciar sobre las copas, perennes en su posición sobre la mesilla. Él debía llenarlas antes de disponerse a leer. Una vez que abriera cualquiera de sus libros, nada debía hacerle apartar la mirada. Porque entonces, podría verlos a Ellos. No, todo debía estar preparado con anterioridad.

Lo que no había tenido en cuenta era que, con las constantes caídas de las piezas cristalinas, su provisión de recipientes había decrecido notablemente con el paso del tiempo. Cada vez tardaba menos tiempo en acabar con el alcohol, mucho menos que lo que le llevaba pasar la última hoja del más ligero de sus volúmenes. Hasta que por fin, su temor se había hecho real.

No era suficiente con la lectura si pretendía eludir la muda voz de Ellos. A la vez, tortura y fuente del más puro y destilado amor que hubiese sentido jamás en su vida. Necesitaba beber. Más que respirar, más que el alimento que llevaba sin catar… ¿cuánto tiempo ya? Y Él lo sabía perfectamente. Que, era cuestión de segundos, pronto no podría soportar la vista fija sobre un punto que no fuera el lienzo desde el que Ellos nunca habían dejado de contemplarle, inquisitivos.

Un ligero temblor. Un movimiento apenas perceptible en la contundente oscuridad, desencadenado en una de sus dilatadas pupilas. Sin embargo, para Él había un significado más profundo bajo el en apariencia insignificante gesto. Era el fin de su letargo atemporal, el fin de su escondite muy en el fondo del mar de sangre, licor y tinta. De nuevo oiría las voces de Ellos.

-¡Marchaos!- pronunció con un hilo de voz rota mientras trataba de abandonar la teórica comodidad de su emplazamiento en el sofá. Las rodillas temblaron bajo un peso que no existía pero que tampoco eran capaces de levantar. Y el amasijo de huesos en que se había convertido trató de arrastrarse hacia la pared de enfrente, donde yacía colgado su corazón- Marchaos, mis niños, marchaos ya…, tened piedad…

Las yemas de los dedos lograron alcanzar el cuadro a duras penas, palpando con nerviosismo los recovecos que la rugosa superficie de la pintura presentaba. Los recorrió aún temblando de pies a cabeza. De pronto, sintió que el viento atacaba con más fuerza. El alboroto era ensordecedor. La madera luchaba cor contener aquella fuerza en el exterior, mientras que dentro de la casa la vieja estructura crujía de puro frío. Un frío que también le atacaba a Él ahora, por mucho que las llamas de su chimenea se alzaran bailando a sus espaldas. Aquello lo hizo tiritar aún más.
Casi sin tomar conciencia de ello, una de las velas apareció en su mano. La acercó hacia el lienzo con parsimonia, iluminando el centro del mismo. Las imágenes de dos chiquillos, un niño y una niña de cara regordeta y cabellos oscuros, aparecieron ante Él, clavando sobre su lastimosa efigie dos idénticas miradas. Parecían a punto de echarse a llorar, y sin embargo ésa no era la expresión de los infantiles rostros en el momento en que fueron retratados. Los ojos azules de los mellizos, antaño vivaces, se mostraban ahora acuosos, conteniendo las lágrimas.

-Antes no erais así. ¿Por qué me miráis con esa cara? ¡Mis niños! -gimió entre sollozos- Callaos. Marchaos. Callaos, no torturéis a papá. Callaos. Marchaos…

El viento arreció.

-Estáis siendo malos, muy malos… muy traviesos… Callaos, marchaos… ¿Qué? -exclamó, acercando su oído a la pintura- ¡No! Yo no quise… mis niños, yo no quise… jugábamos… caísteis por las escaleras… ¡No hijo, no digas eso! Mis querubines… dejad de mirarme así -Lloró sin poder contener los dardos de fuego que brotaban de sus ojos, empapándole las polvorientas mejillas- Papá ha perdido la cabeza. Papá… callaos, marchaos… no sabe qué hacer. ¡No, no soy ningún borracho! ¡Lo necesito para…! ¡No! No… -balbuceó, dejándose caer al suelo- Callaos…

Las fuerzas le abandonaron en algún momento durante el abrupto descenso. Ni siquiera podía mantener el cirio entre sus dedos, que salió rodando por la vieja madera. Sólo los cristales lograron detener el avance de la tallada cera. Cristales que, desgraciadamente, descansaban sobre un charco de alcohol.

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Las llamas brotaron de improviso, devorando las láminas de roble. La humedad del ambiente no parecía impedir su avance. Una fuerza mayor las empujaba a alimentarse de la habitación, devorándola centímetro a centímetro…

-¡No, mis niños, no! -gritó mientras se levantaba, reuniendo todas sus malogradas energías en descolgar el cuadro de la pared. Para cuando lo consiguió, el fuego danzaba sobre la mitad de la habitación, ganando en fiereza al hallar el montón de leños apilados para servir de sustento a las menos salvajes flamas del hogar.

Corrió. Tanto como pudo, por abandonar la estancia. Ellos se dejaban llevar sumisamente bajo el brazo. Cruzaron el umbral de la puerta, el interminable pasillo que se alzaba un nivel por encima del gigantesco salón… hasta las escaleras.

Él gritó.

-¡No! ¡Otra vez no! ¡Las escaleras no! ¡Mis niños, no os dejaré hacer de nuevo! ¡No os dejaré! Callaos, marchaos… callaos, marchaos, callaos, marchaos…

Las piernas ya no eran capaces de moverse. Estaba cansado, desnutrido. Y sobre todo, aterrorizado. Ellos fruncían el ceño desde el lienzo. No querían bajar por las escaleras de nuevo. No se lo permitirían. Y el fuego ya estaba allí.

Cerró los ojos y saltó. Su cuerpo chocó contra la barandilla, quebrando la madera que cayó con él. Un descenso sin fin aparente. Él. Ellos. Y el grito que los acompañaba. El choque provocó un sonido seco, que sin embargo retumbó a lo largo de todo el derruido caserón. Y allí estaba él, con los brazos en cruz, tendido sobre el suelo en el que tiempo atrás lloraba mientras recogía los cadáveres de sus niños. Como entonces, la barandilla había cedido. Mas, en esta ocasión, Él estaba aún vivo. Inmóvil, pero vivo.

Ladeó la cabeza. Ninguna otra parte de su cuerpo le respondía. Y el fuego mientras cumplía con su labor. Avanzando, poco a poco. Acercándose a él.

-¡¡¡Niiiiiñoooooooos!!!

Miró hacia la pared, donde inexplicablemente, su corazón estaba colgado de nuevo. El retrato de dos chiquillos que, como largo tiempo atrás, sonreían de oreja a oreja, enseñando todos los dientes, mientras sus ojos parecían salirse de las órbitas. Le señalaban. Al punto exacto donde las llamas habían comenzado a besarle, envolviéndolo. Le seguían a Él, y a nadie más. No a sus niños, ajenos al holocausto que los rodeaba, al calor, a la madera calcinada que caía del piso superior. Ése era el fuego de su alma, del que huía sumergiéndose en sus libros ahora reducidos a polvo, en su asesino licor. Para Ellos, sólo existía algo merecedor de sus miradas burlonas, cargadas de castigo. Y ese algo se deshacía entre gritos agónicos mientras las llamas lo devoraban en vida, incapaz de responder con movimiento alguno. Y Ellos se divertían.

Horas después, los vecinos acudirían a la colina donde tan inusual incendio había tenido lugar. Nadie vivía allí desde hacía meses, cuando dos chiquillos habían fallecido en un horrible accidente. De su padre, nadie volvió a saber nada.

Todo había ardido por completo para luego cesar por sí mismo. Todo, salvo una pared, apenas ennegrecida en los bordes, donde descansaba un retrato. Dos niños sonreían, juguetones, abrazados al cuerpo de su padre. Un padre que, sin embargo, había quedado congelado en una mueca de indescriptible dolor y tormento.


++NADA DE NADIE


Cada mundo, cada planeta, tiene opiniones, los presos se muerden las manos, tatuándose y gritando su libertad, yo no, yo soy la palabra misma.

Sus besos son medallas
que cuelgas con orgullo
mientras las aprecias
y vuelves a oler, con cada lágrima
sus regalos, te conocía tan bien.

No se sabe nada, nunca se sabe nada, hoy en un bar, bebiéndote una cerveza, encuentras a tus sueños abiertos de puertas de par en par y ahí acaba todo. Acabas entrando en los primeros días de la maravilla y en los lejanos de las celdas donde solo suenan gritos de gol para causarte alegrías, sí, así de rápido y fácil empieza y acaba.

Te encuentras a ti mismo con las mismas manos que hace muchos años estaban marcadas, las venas corrían y la sangre se divertía por ellas ahora solo tienes lunares y arrugadas pieles que apenas pueden por si solas mantenerse lisas sin el uso de pomadas, así te encuentras, tan rápido en las situaciones y difíciles luego salir de ellas, en muchos casos no se sabe ni como se llego a dónde estás, solo estás y nada más, así son las cosas.

La mayoría de las veces no se acaba aceptando, no sabes cómo estás, acabas volviéndote loco, dándole puntos positivos al bando rival llevando todo a peor, no sabes cómo acabaste, crees que lo haces todo bien, o eso crees claro, todo está claro como el sol que brilla sobre nuestras cabezas, pero no sabemos que la noche es la verdadera cara de nuestras vidas, y si es ella la que guía engañándote por la belleza de la luna, todo se sabe cómo se acaba, escaparate engaña.

Lo social

La vida de fuera de nuestras puertas se ve tan diferente, todo es sencillamente parecido, nadie se diferencia solo en aspectos o colores, por eso nos dieron unos gustos definidos, o rojo amarillo o marrón, tiendes a elegir nunca el mismo pero siempre llevamos todos lo mismo, dicen que con lo que te pones es como te comes, yo no me pongo nada, sencillamente visto, no hago caso a las fábricas de dinero, ¿eres tu el jefe?

Entonces por qué tendrías que hacer caso si nadie te da órdenes, o acaso las tiendas te pagan por que te lleves un par de zapatos diferentes al resto (?). Por eso pagan más caro, sacan coches cada día con la misma potencia de caballos que el de la semana pasada pero un espejo diferente. En eso nos diferenciamos, pequeños detalles que por ser un pequeño detalle te sacan grandes ventajas las grandes industrias las cuales hacen ver el entorno diferente, azul o marrón, nunca negro para todos.

Cuando paso por los escaparates de diversas tiendas me fijo en los modelos, son todos iguales solo cambian las letras que representan el producto y el precio varía según que nombres salgan, ¿a eso hemos llegado? Donde el valor solo se obsequia por una marca y no realmente a lo que interesa, ¿por qué pago más? Te interesa a ti.

Algo diferente

Todo es magnífico , es espeluznante , vives orgullosa como un dedo en un anillo de diamantes, siempre sonriente, y con buen comer andante, la felicidad te es abundante, saltas cada problema como una valla entrante, eres nueva aun compañera…

¿A quién no le fue difícil? ¿Nacimos fósiles? Seguro que tenemos sus valores, estamos por algo, y significamos para alguien, aun muertos, tenemos un valor, transformamos nuestro ser, te desarrollas, y vuelves el siglo entrante con nuevos conocimientos, vas adquiriendo, eres un ordenador incompleto, sigues recopilando datos, el chip de memoria se va llenando, más joven, más sabio, luego viejo, inaguantable, y todo continua girando a su torno, imágenes que en cada mundo que nacemos, somos felices siempre con la misma mujer, y hay que encontrarla, cada camino es igual, muchas se tropiezan, pero…, ¿y si fuera la primera?

Ya cortaste con ella, no lo sabías, ahora te arrepientes, que libre es ser triste pero feo es ser la víctima, ¿acaso no lo somos todos? Las situaciones que vives siempre se transforman a como cada uno quiere al respecto, el que maneja los hilos de las marionetas sabe de lo que hablo, siendo profesional en explicar con palabras científicas, pero claro yo no sé. O en otras circunstancias, imaginemos que nos piden matrimonio, estamos delante de mucha gente rodeado de felicidad, tu por dentro sientes un gran miedo al decir la palabra no , aun así estando en ese estado te estás diciendo que es la respuesta a elegir, el corazón te lo indica, pero no, no puedes, la dejas en evidencia, eres demasiado bueno en estas situaciones, sabes que tu vida está lejos de aquí no te corresponde nada de lo que hay a tu alrededor, todo son falsedades realidades incorregibles pero aceptadas en el momento oportuno igualmente que cambiables a la hora de decir, ¡NO QUIERO ESO!

Todo es igual, todo, nada cambia, el momento eres tu en persona, no hay momento! Siempre es momento, nada es diferente, cada segundo, cada instante ¿no hay un momento? Acaso no puedes hacerlo cuando quieras, entonces cuando estás buscando, buscando se pasaron mujeres vidas enteras sin llegar a recibir su hijo que tanto deseaban, o otras palabras para lunas jóvenes, buscaban su media naranja, pero claro, naranja, ya lo dice el color, mas fuerte, y vienen lágrimas rojas, que sabia decisión, morirse virgen antes que puta.


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