Candelaria Gómez De Mercado
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Candelaria Gómez de Mercado y Gómez de Mercado cuenta con ochenta y cuatro años de edad en el momento en que escribe estas historia.


Y el canario, ¡era Jesús!

A mi querido sobrino Jesús

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Llegamos al final de la escalera. Mi acompañante, a quien no veía, pero sí percibía, me invitó a entrar, abriendo la puerta con suavidad. Suspendimos el diálogo y el silencio se hizo denso y pesado. Ante mí, una habitación enorme, blanqueada con cal, donde a pesar de no verse ninguna ventana, reinaba una claridad diáfana. No había ni cuadros ni muebles ni adornos que pudieran distraer la atención.Frente a la puerta, a una distancia de unos doce metros, había una cama de plaza y media (en realidad una colchoneta con patas), con un colchón de lana demasiado lleno, cubierto con una colcha blanquísima.. Era fácil comprender que la cama se había hecho precipitadamente

Yo sabía que iba a encontrarme con Jesús, pero en aquella cama no había nadie. Desde la puerta cruzamos la habitación en diagonal. El silencio era total. ¡Ni siquiera el ruido de nuestros pasos! Por fin, en el lateral de la derecha y a unos quince metros de la puerta, una cama de matrimonio en madero oscura, también con la ropa blanca.. Era hacia allí adonde nos dirigíamos. Sobre la almohada y en lo misma dirección de ella, sentada a la usanza oriental, vestida con un pijama rosa, estaba Paquita, que me dijo:

-¡Qué contenta estoyyy! ¡Me ha dicho el médico que voy muy bien!

Le dije alguna palabra de aliento y me fui hacia los pies de la cama. Acostado en ella estaba un matrimonio que no sé si eran mis padres o los de Jesús. Permanecí en piel y, de pronto, me encontré intentando dar de comer a un pajarillo que aún no tenía plumones. Abrió el pico y tragó, pero sólo en el primer picotazo. Probé una y otra vez, pero no conseguí nada. Le miré el buche. Lo que había tragado era igual a un grano de pimienta.

-Demasiado poco.

A mi izquierda, en la pared, había una alacena. Abrí la puerta; puse dentro el pajarillo y el cacharro con la comida y volví a cerrar. En la habitación estaban tres personas etéreas, vestidas con ropas de un blanco grisáceo y nacarado. Sus caras y manos, como también sus figuras difíciles de precisar o reconocer. No obstante, inspiraban serenidad y confianza. Dos estaban al lado de la cama y parecían estar esperando algo. El tercero seguía a mi lado, sí bien un poco más atrás. Hablaban entre ellos y en su diálogo contestaban a mis interrogantes.

Reconocido mi fracaso t! yo necesitaba disculparme; conocer su opinión, algo. Los miré, bajé los ojos y dije en un susurro:

-No he sabido hacerlo mejor

Me pareció una osadía interrumpir su conversación. Uno de ellos dijo al otro:

-No es fácil. Nunca lo es.

Volví a abrir la alacena. Frente a la puerta, un canario precioso, robusto y lleno de vida, saltaba sin cesar, alegre y feliz. Ni le asustó mi presencia ni hizo ademán de escapar. Su plumaje brillaba de un modo especial. Era anaranjado en el cuerpo, verdoso, con pintitas anaranjadas, en la cabeza, como si fuese de bronce, y en el ala izquierda una pluma oscura. Por un momento pensé en una recuperación milagrosa, pero no. El enfermo estaba al lado del plato donde yo le había dejado antes. Lo cogí y cerré la puerta. Vi que tenía el buche casi totalmente lleno y pensé:

-¿Cómo ha comido en esta oscuridad y estando tan débil?

Lo puse sobre mi mano, encogió las patas y estiró la cabeza y el cuello cuanto tenían de largos. Comprendí que estaba agonizando y volví a ponerlo en la alacena. El canario seguía allí, feliz y confiado.

-Ahí hay un canario maravilloso-, dije esperando alguna aclaración. Uno de los que acompañaban a Jesús dijo al otro: ..

-Se ha ido de su casa.

Pero ellos siguieron allí. Jesús estaba atravesado en los pies de la cama. Lo miré. Sudaba como si acabara de salir del mar. Sus pelos eran como sopas; sus ojos, iluminados, vivos y alegres; su carilla, la del niño bueno y cariñoso que siempre había sido, ¡siempre! Me miró con ojos llenos de cariño. Su imagen me recordó aquel día que jugando con el balón, dieron con él en la ventana de una vecina quisquillosa. Como entonces, era un chiquillo de trece o catorce años, que sudando que sudará, podía haber llegado de jugar con el balón bajo el brazo. Estaba boniquísimo. Yo le dije:

-Jesús, dame un beso.

Levantó la cabeza y me besó con alegría, como cuando te despides para hacer un viaje muy deseado y estás ya con un pie en el estribo. Quería decir muchas cosas, pero no quedaba tiempo. Lo dijo todo con una sonrisa. Su temperatura era normal, ni el calor de la fiebre ni el frío de la agonía. Rápidamente, se hizo cada vez más tenue y más pequeño.

Me desperté sobresaltada. De repente pensé: "Jesús ha muerto". Miré el reloj. Era la una y veinte. Pronto sonaría el teléfono. Pero no sonó. Esperé y esperé en balde. Todo era silencio e inquietud o Me levanté para llamar desde el pasillo. Me contestó Tere. Acababa de entrar en coma. Era el día 1 de Noviembre, Festividad de Todos los Santos.

Y EL CANARIO ERA JESÚS
Y EL ALIMENTO, LOS SACRAMENTOS

Cuando salí al pasillo para llamar desde, allí (no quería despertar a Juan), eran las dos menos diez.

- Ha entrado en coma, había sido la contestación de Tere.

Al colgar el teléfono, me dije:

-Jesús no ha recibido los Sacramentos. Tere no los ha mencionado y teniendo en cuenta nuestra conversación, tendría que haberlo hecho.

La idea me torturaba y seguía sin comprender nada.

-Pero, ¡si Jesús se sentía feliz y esperanzado! Cuando me besó estaba en paz con todo y con todos.

Estaba segura, de que durante el sueño, le había identificado constantemente tanto con el pajarillo enfermo y agonizante, como con el canario lleno de vida y alegría. Por fin volví a dormirme. Al despertar, en dos palabras conté a Juan que había soñado un canario precioso y, muy convencida, añadí:

-El canario era Jesús.

A las ocho tuve que tomar el coche para Motril. Paquita me necesitaba. Cuando llegué, el ascensor estaba roto Tuve que usar la escalera para subir y, después, dos veces más para bajar y otras tantas para subir.

-Dios mío, ¿por qué, algunas veces, se complican tanto las cosas?

Aunque no dejé de pensar en Jesús, ni en mi sueño, el tráfago del día me impidió reflexionar. Por fin, el silencio y lo paz de la noche facilitaron alguna claridad a mis confusas ideas:

-A la mañana siguiente de haber hablado con Jesús, yo debería haber ido al Hospital y permanecido allí hasta que hubiera confesado, pero no se me ocurrió. ¡No supe hacerla mejor!

Una luz se hizo en mi cerebro.

-No supe hacerla mejor. No he sabido hacerlo mejor. Era la frase que había dicho a los acompañantes cuando no pude dar de comer al pajarillo.

La verdad. es que con los dos había hecho igual. Al pájaro, me cansé de darle de comer t! sin conseguir nada y, con alimento a todas luces insuficiente, le abandoné a sus fuerzas en la oscuridad de la alacena porque me sentía inútil y fracasada. A Jesús, le hablé de la confesión y él lo recibió con alegría. Después avisé al sacerdote, pero yo no estuve a su lado y el intento fracasó. En el Hospital no hay intimidad, ni siquiera un biombo entre las dos camas. ¡Había dado a su alma un alimento igual a un grano de pimienta y le había dejado solo en la noche oscura del alma! Pero, cuando saqué al pajarillo de la alacena tenía el buche casi totalmente lleno, aunque estaba agonizando. Si el "grano de pimienta" era comparable a mis palabras sobre la confesión, el alimento que ahora tenía en el buche, debía representar a los Sacramentos. También era interesante la aparición de aquel canario vigoroso que saltaba feliz.. Yo vi en él el alma de Jesús que, con su alegría, me decía que pronto volaría al cielo. A intervalos lo creía así y me tranquilizaba. Yo pensaba que Jesús no había cometido ningún pecado grave, pero los Sacramentos son el billete para que, cuando llegue el revisor, no te haga bajar del tren. Al fin acabé por dormirme. De madrugada sonó el teléfono, ya era día dos. Oí la voz de Mari Lola

-Tiíta…

-¿Cuando ha sido?-, pregunté.

-A las dos y media.

- ¿Recibió los Sacramentos?

-Sí. Anoche le olearon.

Había sido antes de mi sueño. Desde el fondo de mi alma, dije:

-¡Gracias, Señor!

Y comprendí el por qué del "buche casi totalmente lleno" del pajarillo. Cuando desperté aún no había muerto, por eso los visitantes siguieron allí. Lo comprendí todo y mis dudas se disiparon. Jesús había recibido la Extremaunción y con un simbolismo lleno de encanto y colorido me relató todo lo ocurrido desde el instante en el que le hablé de la Confesión. Sin palabras y con una expresión llena de dulzura y cariño él me decía ADIÓS antes de volar al Cielo. ¿Qué, si no, representaba, aquel precioso canario de cabeza bronceada que, alegre y feliz, saltaba en el interior de la alacena de su pecho?

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El mensaje


Cierta vez había unos abuelitos que se querían muchísimo. Ambos tenían gran amor al prójimo y trabajaban sin descanso para construir un mundo mejor, pero un día el abuelito se fue al Cielo. Lo había llamado el Señor.

La abuelita hubiera querido irse con él, pero aquel avión no llevaba plaza y hubo de quedar en lista de espera, o sea, para otra ocasión. Ella, quedó en casa; pero estaba muy triste. Pues la casa sin el abuelito estaba fría, falta de luz, de ilusión, de alegría.

Ellos acostumbraban a comentar y consultarse el trabajo y ahora tenía que tomar las decisiones por sí misma.

La verdad es que esto no le molestaba mucho, pero cuando tenía interés, (que era siempre), en comentarle algo y se daba cuenta de que no podría hacerlo, se sentía tan importante como un gusano que acaba de descubrir que se encuentra en el punto de mira de una gallina rodeada de polluelos.

Cuando venían a verla siempre estaba serena y valiente. Procuraba estar alegre y sacar tiempo para escribir al abuelito. contándole todas las cosas buenas que pasaban y las ganas que tenía de darle muchos, muchos besos.

Más, él debería sentirse muy feliz. Ni escribía, ni mandaba mensajes, tal vez había olvidado en arte de escribir, o la ilusión por manejar el "bolí", o en aquel Reino no existiera y tuvieran otra forma de comunicación.

¿Podría ser que debido a motivos. por ella desconocidos. estuvieran rotas las Relaciones Diplomáticas entre ellos y nosotros y no viniera el Correo? Lo cierto es que no mandaba la dirección y las cartas se iban amontonando unas sobre otras; pero la abuelita seguía escribiendo, pues le hacía mucha ilusión pensar que él desde el cielo las leía, mientras ella las iba escribiendo y era la única manera que tenían de comunicarse.

Como todos la quería mucho.. un día le trajeron a casa un "robot" y con él vino un ratoncillo travieso, el cual traía en jaque a la abuelita. El ratón se sentía dueño del trasto e iba de un lugar a otro sin dar tiempo a ser localizado: Corría, saltaba, se perdía, volvía a aparecer.. Cruzaba en todas direcciones como una estrella fugaz y se camuflaba con la misma facilidad de un felino.

La abuelita se sentía humillada por aquel bichillo repelente que aprovechaba todo momento para dejarla en ridículo.

Cansada de sus travesura.." decidió hacer un pacto con él.

Puso el "robot" en marcha e ii1mediatamente el ratón empezó a correr y saltar como loco.

-¡Eh¡, ratoncito ¿dónde estás?-dijo la abuelita.

-Aquí abajo-dijo el ratoncillo mientras huía precipitadamente hacia arriba

-¿Por qué huyes de mí?

-Porque me haces daño. Me tratas sin piedad. Cuando me coges me tiras del rabo, me retuerces las orejas, me aplastas el hocico… no queda en mí nada que no duela. ¡¡Huy¡¡…,¡huy, que daño¡ Me estás aplastando la oreja.

-Bueno. No chilles. Ya no te hago daño. Yo procuraré tratarte con suavidad y tu procurarás ser más obediente y disciplinado.

-Bien, Pero tendrás que tratarme mejor y cuidar de mis orejas,¿vale?

-Vale. Desde ahora vamos a ser buenos amigos. Tu me llamarás abuelita, Y ¿Tú, como quieres que te llame?

¡-Mira, tú! Si soy un ratón. Pues…, Ratón.

-Necesitas un nombre para que cuando te llame no acudan todos los ratones de la ciudad. Te llamarás Mur, ratoncito. ¿Te parece bien?

-¡Pchs¡ De todas formas, ratón. ¡que mas da¡ Mira, abuelita; yo soy un ratón intelectual y se cuando me llaman ratón, aunque sea en latín. Pero porque me hayas puesto ese ridículo nombre, no voy a perdonarte que me tengas cuatro días sin comer. Tu debes creer que yo me alimento con papeles y estás muy equivocada. Yo a los papeles, a la tinta y a los circuitos electrónicos, les tengo mucho respeto. No me los, como. Espero que me des queso y chocolate;( que son las dos cosas que mas me gustan), por lo menos dos veces al día. Y solo entonces. cerraremos el trato. ¿Aceptado?

-Aceptado.

Pasados unos días" la abuelita y Mur, ya se entendían a las mil maravillas, Mur descansaba feliz en la mano de la abuelita y la abuelita lo acariciaba con serenidad y paciencia. Ambos jugaban, reían, escribían cuentos y hablaban del abuelito: de sus trabajos, de sus amigos, del amor que sentía por la Virgen y la confianza que tenía en Ella; de los viajes que hicieron juntos y de tantas cosas como pasan en cuarenta y cinco años: Unas alegre y otras no tanto

La abuelita decía a Mur que un día vendría el abuelito y se iría con él para siempre; pero a Mur no le gustaba hablar de esto, porque para él que había:' pasado la vida entre niños, muchos niños, de los cuales" algunos habían sido amables, pero otros, solo de pensar en ellos se echaba a temblar. La casa de la abuelita era aburrida, pero. cómoda. Le daba terror tener que cambiar de domicilio sin saber con quien o con quienes se iba a encontrar.

Les gustaba hablar de los niños. De cuando estaban en el Colegio; de sus guateques en la casa, de cuando iban a la playa; del día que José perdió el miedo al agua, y de los viajes; sobre todo de aquel día que en Portugal se perdió el autobús en una senda forestal y se vio obligado a pasar por un puente tan viejo, tan viejo, "que crujía bajo el peso del coche como un suelo impregnado de azúcar, y tan justito, tan justito que la carrocería iba a cinco centímetros de las barandillas…, y el barranco era tan hondo, tan hondo que el agua parecía una hebra de hilo plateado Llegados a la otra orilla habían respirado hondo (casi tan hondo como el río), y dijeron:

-¡ Milagro, milagro!- y dieron un fuerte aplauso al conductor por su pericia.

También hablaban de las cuatro operaciones del abuelito. De lo mal que él lo pasaba cuando ella tenía que acudir a la tita Paquita. La ayuda que en momentos difíciles siempre prestó Maritza…

Y así contando lo bueno y lo malo, lo alegre y lo triste; pero visto con la naturalidad y la dulzura de haber vivido toda una vida juntos. El ratón y la abuelita eran felices recordando aquellos días ya pasados en que él abuelito estaba en casa.

Pasaron muchos días, no sé cuantos, y una mañana. la abuelita llamó, a Mur

- Ven, Mur. - El ratón de un salto se deslizó a las manos de la abuelita.

- Aquí estoy. -dijo Mur con cariño.

- Mira. Esta tarde va a venir el abuelito y me iré con él. Cuando vengan mis hijos tu les cuentas que vino papá y nos fuimos

-¡Yo?

-Si. Sino quieres que te vean aquí vete al ordenador y allí les esperas. Escribe lo que te vaya decir:

-Ha venido papá y me voy con él al Cielo. Sed obedientes y recordar siempre su mensaje y llevarlo a cabo. No lo olvidéis nunca, jamás…

Rezad y procurad la paz


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