Antonio Jesús Pérez Sáez
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PANOCHO

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En un lugar muy lejano de cuyo nombre no consigo acordarme… ¡Sí! Recuerdo que era un pueblucho lleno de morosos, pero ese es otro tema…, había una chocilla donde vivía un hombre mayor conocido por todos como Anacleto, con la sola compañía de un fiel hamster.

El pobre hombre quería tener un hijo, así que construyó un muñecajo de madera barata y trozos de trapo. Luego pidió a Corporación-Hadas S.A. que lo convirtiese en un niño de verdad, pero como había cerrado por vacaciones, tuvo que apañárselas. Por eso buscó un negrito y lo adoptó. Al niño le llamó Panocho.

Cierto día, cuando Panocho iba a la escuela, fue sorprendido por un gran hombre, de anchos hombros, con sombrero y gabardina negra raída, al que se conocía en el barrio como "El Hombre del Saco". En un descuido, le inyectó un líquido con una jeringuilla y lo dejó tieso, circunstancia que aprovechó para introducirlo en un saco mugriento, de los que se utilizan para llevar almendras.

Cuando Panocho despertó se vio encerrado en el roñoso saco que se movía con brusquedad. Por suerte, tenía una navaja, un souvenir que había comprado en Ávila en uno de esos viajes que algunos dicen "de estudios", con la que rajó la sucia tela. Así comprobó que se encontraba sobre un carro tirado por dos filas de niños atizados por un largo látigo que manejaba aquella mole de maldad. Pero Panocho no se arredró. Le amenazó con su arma y el hombre se desvaneció, de susto al ver frete a él una cara oscura y terriblemente sucia que no esperaba.
Todos los chavales huyeron despavoridos hacia sus casas y Panocho, cansado por la carrera y hambriento, llegó muy tarde a su choza, donde le esperaba, preocupado, su padre.

Al día siguiente, Anacleto, inquieto y temeroso por lo que su hijo le había contado, llamó al 11811 para contratar a una conciencia que ayudase al pequeño a huir de las tentaciones. Así entró en la vida de ambos una conciencia que respondía al nombre de Pepito Cucaracha.

Panocho marchó muy feliz al colegio con su conciencia en el bolsillo. Pero, de nuevo, -¡qué mala suerte tiene este niño!-, un desconocido le animó a acudir a una fiesta que se preparaba cerca de allí. Pero eso a Pepito le olía muy mal y le convenció para que no aceptara, pero él, fumador empedernido, no pudo se pudo negarse a dar una chupada a un cigarrillo que le ofreció el hombre misterioso. Resultado de aquella debilidad, a Pepito le dio un “yuyu” y se desmayó y Panocho, como si nada, se fue de fiesta.

Pero, de cerca nada, ¡dos horas de viaje el AVE les costó llegar a una casita de campo, aislada, donde se divertían ya muchos niños! Apenas había llegado cuando media docena de adultos armados con bates les obligaron a sembrar habichuelas y recoger cacao. ¡Menos mal que, tres días después, aparecieron varios agentes del FBI, acompañados por un escuadrón de soldados del Sexto de Caballería, quienes, a fuerza de mamporros, convencieron a los secuestradores para que dejasen en paz a aquellas tiernas criaturas.

Al que también arrestaron, por mala conciencia, fue a Pepito Cucaracha. Luego, todo volvió a la normalidad, aunque, tres días más tarde, a Panocho, a su padre y a su hamster, fueron secuestrados por la mujer y el hijo del El Hombre del Saco, pero eso es otra historia.

Todos los demás, fueron felices y bebieron mucho Cola-Cao.

AMÉN


PANOCHO


¡Auggg! Vaya costalazo me pegué contra el hombre aquel. La cabeza me daba vueltas. Como si “muviera fumao” lo que tenía ese hombre en la boca, digo tenía porque se lo tiré al suelo.
- ¡”Mas tirao” lo “questaba” fumando y el “güisqui”!

¡Como gritaba “er condenao”! Y razón tenía, ya que les tire “to” lo que tenían “montao”, como un efecto dominó, pero con botellas de cristal “arcólicas”. Y “mestaba” mirando como una ardilla rabiosa.
- Yo,…lo, lo siento. – lo único que pude decir.
- ¡¿sabes cuanto ha “costao” esto Repollo (en efecto “asín” me llamaban)?!
- N…no me “dao” cuenta,…os lo pagaré.
- “Per” supuesto que sí. – al que dijo eso le saliá una vena verde – “Enga” prepárate, que te “vía sacá” los riñones con una “shapa” botella.

Eso lo decía muy en serio. “Asín” que “minvente” una escusilla.
- Bueno, bueno,…pero antes con un ejercicio del cole. ¿Sí o no?
- Vale “asín” ejercitamos el “celebro”.
- ¿”Qués” el cole?
- Un sitio “onde” se “pué” echar la siesta y “tirá” lápices.
- ¿”Qués” un lápices?
- Da “gual” – empecé a pensar un acertijo - ¿Cuál es el animal que si le das la vuelta cambia de nombre?
- ¡El “escararriba”!
- No, ese no – estuvo a punto, piensa un poco y lo tiene.
- “Épera” si “nos” ese, será… - hay se acabaron mis esperanzas - ¡la cigüeña!
- No ese no – me libré por los pelos.
- ¡El orangután!
- ¡¿Cómo va “se” ese, merluzo?!
- Ahí empezaron a pelearse.
- Un girasol – dijo uno.
- ‘Noo! – rectificó otro – eso da “pipa” y es un objeto.
- ¿Y que da metralletas?

Y salí corriendo como si me persiguiera el demonio, aunque era peor. Pero me empezaron a seguir cuatro en dos motos, los otros tres tenían una cogorza que no se la “aguantaban”.
- ¡Dale gas que lo pillamos!
- ¡Aceptáis cheques! – les grité para calmarlos.

Me iban a pillar ya mismo, pero…¡wooo! Un “gujero morao” sin fondo, como iba a quedar yo, apareció en medio del aire. Mientras los otros hablaban.
- ¿”Qués” eso “daí sosio”?
- ¡”Dagual” tu ve “por el zagal”!

Y pensé -lo “mejó” será que me meta de cabeza, de “toas” maneras saldría perdiendo.
- Allá voy, ¡yumanyiiii!
- ¡Dioos se “la tragao el gujero”!
- ¡Frena que nos “estampamooo”!
- “Demasiao” tarde.

Las dos motos con los cuatro chavales se dejaron el alma en una pared “duna” funeraria, al igual que los cuerpos “trituraos” y las motos “destrozas”. “A partí daí” todo fueron “confusione”, “colore” que parpadeaban y se deslizaban rompiéndose en la nada, también vi la cabeza “duno”, de los que me perseguían, volando.
- ¡Yaaau! – eso dije cuando amortigüé mi “caia” de veinte metros en un cactus.
- Psicodélico tíiio – después de decir eso caí “incosciente” en otro cactus más pequeño.
- ¡Eh tú! ¡despierta! – conseguí oír esas palabras sin entender su significado.
- ¡Hoola, pajarito sin “meringola”! – eso “loscuche” más fuerte.
- ¡”Tá” muerto! Le sacamos los órganos y los vendemos.
- ¡Ei! ¡Qué pasa aquí! – conseguí decir eso y abrir los ojos.
- ¡Oooh! “nosta” muerto – decía un hombre con pintas de jipi y con sombrero “desos” de pirata hecho polvo – al menos hablas “midioma”. ¿Cómo te llamas?

¿Y cómo me llamaba yo?, si desde mi nacimiento “mabían” dicho Repollo, hasta mi familia y los profesores.
- Yo soy Jack Espárrago.

“Pos” mi nombre ya no parecía tan raro.
- Este también ha “caío” del “gujero dimensioná” – dijo un hombre viejo, con un parche y cuatro dientes.
- Tienes razón Centollo – aunque suene raro ese era su nombre.
- ¿”Andestoi”? – “matreví” a preguntar.
- En el calabozo – me contesto Jack.
- ¡En un calabozo!
- “Tranqui questás” a bordo del ¡Titacnic!
- ¡Vaaa! ¡A bordo del Titacnic!
- Si, y además hay ratas rabiosas, deliciosas ratas rabiosas – dijo Centollo.
- ¡¡También ratas rabiosas!!
- Y tenemos una ventaja, al contrario “quél” resto del barco, el suelo sobre el “questamos” es corcho – dijo Jack tumbándose en el suelo.
- ¡Flotamos sobre corcho! ¡Uaa!
- El presupuesto – aclaró Centollo.
- ¡¡¡Nos atacan!!! – “sescuchó” gritar desde arriba.
- ¡Y encima nos atacan! – dije medio “mareao”.
- ¡¿Qué, cómo, cuándo, “ónde”?! – chillo Centollo.
- "Tranqui, traaanqui", “asín” podremos “salí daquí” – lo calmó Jack.
¡Pum! Y su deseo “sizo” realidad, la parte “datrás” del calabozo reventó, un trozo de metal salió volando y le dio de lleno a Centollo.
- ¡Mi madre! – dije “sorprendío”.
- ¿”Ande”? – contesto Jack.
- No,…”sié” una “espresión”. ¡qué “doló”! – “laclaré” yo.
- ¡Qué vaa! Si eso “nos ná pal” tío este – dijo Jack moviendo el cuerpo de Centollo y dándole un caramelo de menta.
- ¡Aaah! ¡esto si que pica! – gritó medio inválido Centollo.
- “Amos” fuera – dije yo saliendo por el gran boquete - ¡Uaggt..! – sollocé al mirar “pal” cielo ¡Uiagtg…! – volví a sollozar.
- ¡Anda!, ¡qué mala pata! – dijo Jack – hemos “ío a dá” con una patrulla de naves “intergalásticas”.
- Son “destar uors” ¡Agt…! – volví a intervenir yo.
- Si tuviera un cañón – hipersónico de doble efecto con fusión interna triple de moléculas radioactivas de tinta china y un puro, … los destruiría – dijo con aire de superioridad Centollo.
- “To rodeao dagua”,… - miré y dije - ¡”Cuandostoi” en un barco me mareo! ¡Bruaggt…! ¡”Mistómago”! ¡Ah! “po” si yo nunca “estao” en un barco.
Y todo explotó.

Aquí termina la primera parte del cuento. ¡Ché!, no tiréis cosas, ¡ay!, chiquillo deja “er” cuchillo que te “pués” cortar. No me tiréis la mesa. ¡Bueno! Cuento un poco más, y luego me voy a “echa” la siesta.
Cuando desperté todo era distinto. Yo y aquellos dos locos estábamos en un frigorífico “enoorme”. No se le veía principio ni fin, era como un mundo. Estaba lleno de jamones.
- Oh, no – sollozó Jack.
- ¿Qué pasa? – dije yo.
- Estamos en “er” frigorífico de las almas perdidas.
- Al menos tenemos jamones – intenté tranquilizarlos.
- Son de plástico – dijo Centollo.
- “Chachi piruli” – terminé por decir.

Dos días más tarde “destar sentaos” ahí, sin movernos.
- Bueno, vamos a hacer algo – dije más muerto que vivo.
- “Demasiao” tarde – dijo Jack.
- ¿Por? – pregunté.
- Porque nos hemos “quedao pegaos” al suelo.
- ¡Eh! “tustás” comiendo algo – grité a Centollo.
- Emm… ¡No! ¡Qué dices!
- ¡Estás comiendo y no nos das! – le gritó también Jack.
- ¡Qué no! ¡”Tas” delirando! – se defendía Centollo.

Jack intentó quitarle lo que intentaba esconder Centollo, peleaban como dos moscas “mareas” por un excremento de vaca.
- ¡Uaaah! ¡No “pué séee”! – chilló despavorido Jack.

Se escuchó retumbando en las paredes y haciendo un eco sin fin.
- ¡Más silencio “quay” gente que quiere “morí”en “pa”! – se oyó del fondo.
- ¡¿Qué pasa?! – pregunté yo con el corazón del revés.
- ¡”Sestaba” comiendo mi pié! – dijo Jack.
- ¡Qué más te dá! ¡si no lo notas! – se defendió Centollo.
- ¡Serás un «píííííí» y un gran «píííííí»! ¡Y también «píííííí» - chilló Jack.
- Con tanto «pí» no “menterao” de “ná” – le contestó Centollo.
- ¡Tranquíiilos! Iremos al médico a que “tarreglen” la pata – los tranquilicé.
- ¿Y por “ande” tiramos “pal” médico? – pregunto irritado Jack.
- Por la puerta “quay” detrás “dese” jamón – dije yo.
- ¡Ah, y lo dices ahora! – me gritó Centollo.
- ¿Pero cómo nos despegamos? – preguntó Jack.
- No problema, yo siempre guardo aquí un soplete – dijo Centollo con total confianza.

Seguidamente Jack Espárrago y yo gritamos, ¡¡Nooooooooo!!

Una pregunta: ¿Pensáis que merece la pena que esto tenga una segunda parte? Si tenéis tan mal gusto como para decir que sí, me pongo a ello.
CHAO.

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