Antonio Ginés Collado González
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AZAFRÁ

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1ª parte: La nueva religión

1. Azafrá

Me llamo Azafrá y soy romano. Tengo XV años. Mi padre es un soldado a las órdenes del César. un Centurión Romano, y mi madre trabaja en casa.

Hoy fuimos al templo, rezamos un poco y pedimos un deseo. Yo, como siempre, dije que quería que Diana se enamorara de mí. Diana es muy hermosa, tiene los ojos azules y pelo rubio, es muy pacífica. ¡Ay¡

¡Sigamos con la historia!

No me sentía relajado y se lo dije a madre. Fuimos a las termas y descansamos bastante. Compramos fruta. Pasé la tarde en la finca de Diana. De vuelta a casa, cené y comencé a contaros mi historia.

2. Adiós, padre

Hoy, XV de agosto, mi cumpleaños. Al amanecer, nos informaron que mi padre, el Centurión Cayo Augusto Cetrus, había fallecido en las fronteras romanas luchando contra los bárbaros. Diana ha venido. Me ha consolado. Paseamos juntos. Aceptó ser mi esposa. En II años nos casaremos.

¡Hoy! Cumplo XV años, alcanzo la promesa de Diana, el sueño de mi vida…, ¡pero muere mi padre!

El deseo de mi padre era que me alistase en el ejercito. Cuando lo conté a Diana se estremeció. Yo la tranquilicé. Mi objetivo no es luchar en primera línea, sino entrenar a los soldados. Solo en situaciones extremas acudiría al frente.

Ha pasado el tiempo. Gano bastante dinero. En breve, podremos aspirar a nuestra propia casa.

Cuando me proclamen Centurión, quiero ser llamado Centurión Cayo Azafrá Cetrus, como mi padre. Él así lo habría deseado.

3. II hombres en las catacumbas

Ya tengo XX años. Contraje nupcias con Diana. Tenemos II hijos: Ciria con I año de edad y Felixto con II meses.

Ayer fui a las catacumbas con mi madre, Diana y los niños. Visitamos la tumba de padre. Escuché unas voces. Llamaron mi atención. Puse una excusa para alejarme solo. Me encaminé hacia el rincón de las voces. Decían algo sobre una nueva religión. Los hombre se citaron en el mismo lugar y a la misma hora para el día siguiente.

Después de la cena, al retirarnos a nuestros aposentos, no pude conciliar el sueño. Lo escuchado en las catacumbas me obsesionaba. ¡Quería saber más sobre esa nueva religión.

Sabía que mi padre había participado en la crucifixión de un tal Jesús de Nazaret que decía ser hijo de Dios. Los altos cargos religiosos lo condenaron por blasfemia y hechicería.

Los compañeros de mi padre le colocaron una corona de espinas sobre la frene y una capa roja sobre sus hombros, entre risa y burlas.

Lo crucificaron después.

Mi padre hizo guardia al lado de la cruz mientras el hombre desfallecía. Acompañaban el cadáver un hombre y una mujer. María y Juan, dijo que se llamaban. Al poco tiempo, Jesús dijo algo que mi padre no llegó a escuchar y, después, dio un terrible grito y murió.

Por eso quería suplicar a las personas que mañana se reunirían en las catacumbas el perdón para mi padre.

2ª parte: Azafrá se une al cristianismo

4. El bautismo

Llegué algo tarde al lugar del encuentro. Hablaban. Me dirigí hacia ellos. Los vi. Los dos hombres tenían barba. Uno era rubio. El otro moreno. Cuando les interrogué, se declararon cristianos. Yo me presenté. Ellos también. El moreno era Pedro, el rubio Plubio. Congeniamos enseguida. Me hablaron de que existía un solo Dios y no varios como aseguraba la generalidad de los romanos.

Me atrajo aquella manera de ver la vida. No me importaría abrazar el cristianismo, pero, en estos momentos, puede resultar peligroso. No pondría en peligro a mi familia.

Hube de esperar algunos años para que las nuevas ideas dejaran de ser perseguidas. ¡Me pude bautizar! Mi familia siguió mi ejemplo.

5. La comunión

Después de un tiempo de convivencia y aprendizaje con mis nuevos hermanos, conocí en profundidad las enseñanzas de Cristo. Al fin tuve la alegría de recibir el sacramento de la comunión. Eso significaba mi acercamiento definitivo a Jesús y participar del amor que reparte entre todos los hombres.


BOSQUE CADUCIFOLIO


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¡Que era aquello sino un bello paisaje!

Un suelo cubierto de una bellísima alfombra de hojas marrones, rojas y amarilleadas, a cada paso crujiente, como vida frágil que se esfuma con el mero tacto de la brutal belleza humana.

Como lunares tiene un estampado, así salían troncos claros y desnudos de la alfombra de hojas. Sin apariencia vigorosa ninguna, se mostraban blanquecinos, con un ramaje amarillo, granate y marrón, que esperan caer en un río de almas para recordar por siempre la primavera de sus vidas.

Y todas y cada una de las hojas que todavía intentaban ocultar la desnudez de los frágiles -antaño gráciles- árboles, formaban un pequeño, y casi desecho, techo amarillo, dando imagen de una catedral vieja, destartalada, de pilares vetustos, ahora canos y marchitos, con una bóveda de hojas antes envidia de este mundo, ahora soñadora de aquel bello pasado que parece no volver.

¿Y quién corona tan marchito paisaje?

¡El caballero Sol, engalanado con una espada flamígera y anaranjada para infundir pavor en el temeroso y valor en el valiente!

El fulgurante peto del caballero, redondeado y cobrizo, su yelmo, como si espuma fuera, anaranjado y preparado para una guardia intemporal, junto con soldados, guardianes y grandes caballeros, para escoltar el paso del tiempo en el bosque.

Así como caen las hojas en el perpetuo momento, errantes son las almas perdidas.

Hombres que se han estancado en el ansía del conocimiento para no desear más que eso, y les pierde, para nunca volver a encontrarse en el cuerdo mundo. En él viven, pero no son conscientes de ello.

Hombres que intentan encontrar la eterna sabiduría pero, como hombres que son, solo ven esa perfección, siendo motivo de mofa para los adalides del mundo cuando saben de su intento por rozar apenas la perfecta sabiduría.

Y son hombres que han errado mucho en este perpetuo bosque caducado, pero no siendo conscientes de lo que realmente son, no han continuado hacía un ocaso para renacer de nuevo.

Este es el bosque otoñal, un bosque en pleno ocaso, que se prepara para desnudarse por completo, yacer y morir.


ELLA


¡Bella era aquella señora que tanto miraba en los pálidos amaneceres al levantarme! ¡Siempre!

Una mirada constante, clara como una fría mañana primaveral, cubierta con un manto helado de aire invernal. Bellos y largos sus cabellos, refulgentes y dorados como el caballero Sol, que, sin poder impedirlo, me atraían sin cesar.

No sabía si eran sus cálidos ojos, o su blanca piel. No sabía si era su cuerpo o era su hermoso adormecer. Los días que podía verla tendida en su cama, observaba algo más maravilloso que el más grande de los placeres. Una jugosa boca, pálidos y redondeados pómulos y mucha inteligencia emanaba de su amplia frente…

Y allí estaba yo sin poder dejar de observar tanta belleza. Ágil y diestra como ninguna otra. No podía acercarme, no debía acercarme.

Era una tentación, una atracción irresistible, pero no podía, no quería dar vida y alma a un desengaño…

… Al desengaño del veneno del amor.

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TUBULAR BELLS


Nota: Este comentario fue escrito cuando su autor contaba con doce años de edad

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Capitulo 1: La creación del planeta

Esta historia no empieza ni en un pasado ni en un futuro lejano, sino en el pensamiento de un ser.

Él piensa en un mundo de oscuridad total. De repente, aparece algo, una luz entre la oscuridad, azul cristalino, sí, es Tubular Bells. Campanas tubulares.

Tubular Bells no es un ser vivo ni inerte, solo se limita a ser algo.

Inesperadamente, aparece un ciento de estrellas, una grandísima llamarada de Sol y un pequeño planeta.

Tubular Bells se adentra en ese planeta y lo llena de agua, pura, cristalina y clara. Cinco continentes, de una arena blanca, bella y hermosa. Pero, en un momento, el agua se congela y cubre la tierra en todo el planeta. Un gran soplo de aire levanta el hielo y la nieve subiéndolos a los cielos, y se transforman en nubes, todas blancas y puras.

Abajo, solo las playas se quedaron aquellas arenas puras y blancas, el interior serían desiertos calurosos.

Los desiertos calurosos tuvieron sus nombres no dichos en estas escrituras. Fueron cinco, cada uno en su correspondiente continente. Sus dunas dibujan formas muy distintas entre sí y rara vez parecidas.

De repente, unas dunas se elevan formando figuras muy armoniosas. En los mares se levantan olas haciendo figuras.

Tubular Bells, maravillado, intenta reproducir de alguna manera seres alados que asemejan esas olas. Esos seres o aves reproducen las olas de tal forma que a Tubular Bells le entusiasmó.

Siglos después, Tubular Bells sabiendo que pronto llegaría su hora, creó plantas de tres tipos: palmeras paras sus playas, pequeños arbustos y cactus para sus desiertos.

Dos milenios después, Tubular Bell fallecería. Pero disfrutó de su creación.

Capitulo 2: El renacimiento

En aquel mundo apareció una esfera azul eléctrico: ahí estaba…. ¡Tubular Bells!

Sí, era él, pero… no era el de antes, era más brillante, más puro, más poderoso era…. su descendiente.

Como antes se adentró en ese planeta y, vio, ¡no lo podía creer!, que su antecesor había hecho aquello.

Él, ¿que podía hacer?

Primero se ocupó de mirar. Miró el planeta. Miró, miró y quedó maravillado: olas formando imágenes majestuosas, lindos desiertos, playas de palmeras….

Aquello era maravilloso.

Al día siguiente, Tubular Bells observó como unas líneas verdes crecían y como otras líneas, acabadas en círculo, también crecían. Y esos círculos se transformaban en… flores. ¡Sí! Y las llamaría flores, bellas, todas bellas. Y las líneas verdes serían hierba, mucha hierba…

Pasaron muchas cosas más…

¿Queréis saber quien tuvo esos pensamientos? Fue un hombre llamado Mike Oldfield que no expresó este pensamiento por escrito, sino mediante notas musicales. Una composición sin letra para que la pongamos nosotros. ¡Por eso es tan bonita! Se limita a ser música.

Así era y es la música de Mike Oldfield.



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