María Carmona Martínez
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ADICCIÓN

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Sin darme cuenta. Allí estaba tirado sin más. Sin darme cuenta.

¿Qué hacía?

En ese momento comprendí que no tenía a nadie, ni a nada. Me encontraba en la calle sin dinero, sin amigos, sin vida.

Necesitaba más. Pero cuento más tomaba menos tenía.

¿Que debía hacer? ¿Lo dejaba?

Yo lo intentaba, ¡lo juro!, pero no podía. Siempre, aquella adicción me vencía.

Dormía en cartones, en la calle. Mis viejos amigos miraban hacia otro lado o, simplemente, no me saludaban. ¡Mi madre decía que yo no era su hijo!

Aun así, no podía dejarlo.

Todo mi dinero lo invertía en droga. ¡Porque era droga, aunque no quisiera reconocerlo!

Pero, ¿por qué? ¿Cómo caí en este infierno?

Yo era un buen chico, alguien, un supuesto camarada, me incitó a ello. Yo pensé que no tendría consecuencias y lo probé. A la semana siguiente lo volví a hacer. Y al día siguiente. Y pasó a ser un acto habitual. Era ya pura rutina.

Comencé a pensar que mis amigos me defraudaban, aunque, en realidad ellos siempre estuvieron ahí, conmigo, pero yo solo atendía a mi droga.

Y, la droga, realmente, ¿era mi amiga o mi enemiga?

¡Quién sabe! Total, vivir aislado tampoco era tan malo.

Pero el paso de los años supuso más soledad.

Yo, así, me acostumbré a prescindir de todos, cada vez más metido en mi propia historia, con deducciones inventadas que nunca existieron.

Mi imaginación me jugaba malas pasadas, era cruel conmigo mismo.

Al fin, entré en razón. ¡Debería intentar rehabilitarme!

Pero, ¿para qué? Ya no había marcha atrás. ¿Alguien me quería?. No existía para nadie.

Aun así, fui tenaz y valiente y… lo hice.

Ahora, hago memoria: ¡Un instante para caer en esa cruel adicción y tres años largos, largos y tristes, para salir de aquel pozo negro que me atrapó!

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